Durante años, Estados Unidos mantuvo una posición dominante en el desarrollo de la inteligencia artificial. Allí nacieron empresas como OpenAI, Google, Meta y Anthropic, responsables de algunos de los sistemas más avanzados y conocidos del mundo. Sin embargo, China comenzó a reducir rápidamente esa distancia.
La respuesta estadounidense consistió en limitar el acceso chino a los chips más avanzados, especialmente los fabricados por Nvidia, necesarios para entrenar grandes modelos de inteligencia artificial. La intención era sencilla: si China no podía acceder a la mejor tecnología disponible, su desarrollo se volvería más lento.
Pero el resultado podría estar siendo exactamente el contrario.
La necesidad como motor de innovación
Ante las restricciones, las empresas y los investigadores chinos tuvieron que aprender a trabajar con menos recursos. En lugar de depender exclusivamente de los procesadores estadounidenses más potentes, comenzaron a desarrollar modelos más eficientes y una infraestructura tecnológica propia.
El caso más conocido fue DeepSeek, que sorprendió al mercado al presentar una inteligencia artificial capaz de competir con sistemas estadounidenses utilizando, según sus desarrolladores, muchos menos recursos. Posteriormente aparecieron otros modelos chinos, como los desarrollados por Moonshot AI y su familia Kimi.
La diferencia no se encuentra solamente en su capacidad técnica. China está impulsando muchos de estos modelos bajo licencias abiertas o con costos de utilización muy bajos. Esto permite que programadores, empresas y universidades de diferentes países puedan descargarlos, modificarlos o incorporarlos a sus propios productos.
Un estudio reciente sostiene que las restricciones estadounidenses aumentaron involuntariamente el valor estratégico de los sistemas abiertos y aceleraron el crecimiento del ecosistema chino de inteligencia artificial. Es decir: la política diseñada para contenerlo también pudo haber fortalecido su independencia tecnológica. Estudio académico sobre las restricciones y el ecosistema abierto chino
La inteligencia artificial como infraestructura
La estrategia china parece mirar más allá del beneficio inmediato. Su objetivo no sería solamente vender programas, sino convertir sus modelos en una infraestructura utilizada en todo el mundo.
Cuando una tecnología se distribuye ampliamente, se vuelve más difícil de reemplazar. Las empresas crean productos sobre ella, los investigadores la estudian y los programadores se acostumbran a utilizarla. Así se conforma un ecosistema de dependencia e influencia.
Por eso, ofrecer modelos abiertos puede ser una estrategia tan importante como venderlos. China podría estar haciendo con la inteligencia artificial algo semejante a lo que anteriormente hicieron las grandes plataformas estadounidenses con buscadores, redes sociales y sistemas operativos: facilitar su adopción hasta convertirlos en parte de la vida cotidiana.
Esto no significa que sean completamente gratuitos. Ejecutar un gran modelo requiere servidores, electricidad, especialistas y una considerable capacidad informática. “Código abierto” no equivale necesariamente a “sin costo”. Pero permite que una empresa o un país adapte la tecnología sin depender totalmente del proveedor original.
Una nueva forma de soberanía
La disputa entre Estados Unidos y China demuestra que la inteligencia artificial ya no puede entenderse solamente como una herramienta tecnológica. También es una cuestión de soberanía.
Los modelos de IA intervienen cada vez más en la educación, la producción cultural, la búsqueda de información, el trabajo y la administración pública. Quien provee esos sistemas puede establecer sus reglas, decidir qué contenidos admite y conservar una enorme cantidad de datos sobre sus usuarios.
Tanto los modelos estadounidenses como los chinos responden a intereses económicos, políticos y culturales. En Estados Unidos predominan las grandes corporaciones privadas; en China existe una articulación mucho más directa entre las empresas y los objetivos estratégicos del Estado. Ninguna tecnología es completamente neutral.
La propia competencia incluye acusaciones cruzadas. Estados Unidos sostiene que algunas compañías chinas habrían utilizado modelos occidentales para entrenar los suyos mediante una técnica llamada “destilación”. China rechaza esas acusaciones y denuncia que se intenta obstaculizar su crecimiento. Entretanto, la distancia entre los principales modelos de ambos países se ha reducido considerablemente. Associated Press
¿Y dónde queda América Latina?
Para países como la Argentina, esta disputa plantea una pregunta incómoda: ¿seremos solamente consumidores de tecnologías desarrolladas por otras potencias?
Depender de un único proveedor puede resultar cómodo, pero también peligroso. Una empresa puede modificar sus precios, retirar un servicio o restringir su utilización. Una decisión política tomada en Washington o Pekín podría afectar actividades productivas, educativas y culturales desarrolladas a miles de kilómetros.
La alternativa no consiste necesariamente en crear desde cero una inteligencia artificial argentina capaz de competir con los gigantes mundiales. Pero sí en formar especialistas, conservar los datos estratégicos, favorecer tecnologías abiertas y desarrollar aplicaciones adaptadas a nuestras necesidades y a nuestro idioma.
La batalla por la inteligencia artificial no determinará solamente qué país posee el programa más inteligente. También decidirá quién establece las reglas de una infraestructura que pronto atravesará casi todas las actividades humanas.
Estados Unidos intentó conservar su ventaja cerrando el acceso a determinados recursos. China respondió buscando autonomía y ofreciendo sus modelos al resto del mundo. La paradoja es evidente: aquello que pretendía detenerla pudo haber acelerado su transformación en una potencia tecnológica independiente.
