Arribar a Buenos Aires…

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Antes de que Buenos Aires contara con un puerto moderno, llegar a sus costas era una aventura incómoda, lenta y, en ocasiones, bastante cara. La escasa profundidad del Río de la Plata obligaba a los pasajeros a completar su viaje en botes y enormes carretas conducidas por personajes que hicieron de la “viveza criolla” un verdadero oficio.

Durante buena parte del siglo XIX, la ciudad de Buenos Aires tenía una relación paradójica con el río. Aunque gran parte de su actividad económica dependía del comercio marítimo, carecía de un puerto que permitiera a los barcos acercarse hasta la costa.

La poca profundidad del Río de la Plata obligaba a las embarcaciones de mayor tamaño a permanecer fondeadas lejos de la orilla. Para los pasajeros, la llegada a la ciudad no terminaba al abandonar el barco: todavía debían atravesar un complicado sistema de trasbordos.

Primero descendían a una embarcación más pequeña que los acercaba hasta donde la profundidad lo permitía. Allí comenzaba la etapa más pintoresca —y probablemente la más temida— del viaje: el traslado en las llamadas carretas de desembarco.

Los monstruos anfibios del Río de la Plata

Estas carretas eran vehículos pesados, con ruedas de gran diámetro, capaces de avanzar por el fondo barroso y las aguas poco profundas de la costa porteña. Eran tiradas por caballos o bueyes y servían tanto para transportar pasajeros como equipajes y mercaderías.

El marino y acuarelista inglés Emeric Essex Vidal, quien recorrió la región a comienzos del siglo XIX, dejó imágenes y descripciones de este particular sistema. En su obra Picturesque Illustrations of Buenos Ayres and Monte Video, publicada en 1820, explicó que, debido a la poca profundidad del río, los botes rara vez conseguían acercarse al precario desembarcadero y que varias carretas trabajaban permanentemente trasladando pasajeros.

Sus acuarelas constituyen uno de los testimonios visuales más valiosos de aquella Buenos Aires anterior a los grandes muelles. El naturalista francés Alcide d’Orbigny, llegado a la ciudad en 1827, también describió las enormes ruedas de estos vehículos y el aspecto singular de sus conductores.

Para un viajero europeo, aquella escena debía resultar sorprendente: después de cruzar el océano, el ingreso a la ciudad se realizaba a bordo de una carreta que avanzaba dentro del río.

Los dueños del último tramo

Los conductores de las carretas —conocidos como carreteros o carretilleros— controlaban un servicio prácticamente indispensable. Sin ellos, pasajeros y equipajes no podían completar el último tramo hasta tierra firme.

Las crónicas y relatos costumbristas los presentan como hombres rudos, hábiles para desenvolverse en el agua y conocedores de las dificultades del río. Pero también les atribuyen una notable picardía a la hora de establecer el precio del viaje.

En una actividad con escasa regulación, el valor del traslado podía depender del clima, la altura del río, la cantidad de equipaje y la urgencia del pasajero. Las sudestadas, el oleaje o una espera prolongada daban a los conductores argumentos para aumentar el precio.

También habría influido el aspecto del recién llegado. Un extranjero confundido, un comerciante con equipaje abundante o un caballero elegantemente vestido podía recibir una tarifa muy distinta de la que se exigía a un vecino de la ciudad o a una persona de apariencia humilde.

Una tarifa “según la cara”

Así nació la idea de que los carreteros cobraban “según la cara”.

La tradición porteña asegura que evaluaban rápidamente la vestimenta, los modales y la desesperación de cada pasajero antes de anunciar el precio. Si advertían que el viajero desconocía las costumbres locales o tenía recursos suficientes, la cifra podía elevarse considerablemente.

Algunas anécdotas llegan a afirmar que, ante una protesta, los conductores amenazaban con abandonar al pasajero en medio del agua o regresarlo hasta el bote. Es difícil comprobar cada uno de esos relatos: la mayoría de los carreteros trabajaba informalmente y sus nombres, tarifas y conflictos cotidianos casi nunca quedaron asentados en documentos oficiales.

Sin embargo, la repetición de estas historias en testimonios de viajeros y narraciones sobre el antiguo Buenos Aires permite reconocer un problema muy concreto: quien controlaba el único medio posible de llegar a tierra tenía una enorme ventaja para negociar.

El pasajero podía discutir el precio, pero lo hacía con los pies todavía dentro del Río de la Plata.

El comienzo de una nueva etapa

La situación comenzó a cambiar en 1855 con la inauguración del Muelle de Pasajeros, proyectado por el ingeniero inglés Edward Taylor. Estaba ubicado aproximadamente entre las actuales calles Bartolomé Mitre y Sarmiento y se internaba unos 210 metros en el río. Contaba, además, con pequeñas vagonetas destinadas al traslado de los equipajes.

La obra representó un importante avance, aunque no resolvió por completo los problemas portuarios de Buenos Aires. La Aduana Nueva o Aduana de Taylor comenzó a construirse también en 1855 y fue inaugurada en 1857. Varias décadas más tarde, las obras de Puerto Madero transformarían definitivamente la costa.

El antiguo Muelle de Pasajeros fue demolido en 1892 para permitir la construcción del dique número 3 del nuevo puerto.

Personajes sin nombre

Los nombres individuales de aquellos carreteros casi no llegaron hasta nosotros. A diferencia de comerciantes, funcionarios, militares o propietarios, estos trabajadores dejaron pocas huellas en los archivos.

Sobrevivieron, en cambio, como un personaje colectivo: hombres curtidos por el río, conductores de enormes carretas y negociadores capaces de descubrir, con una sola mirada, cuánto podían cobrarle a cada recién llegado.

Su historia se encuentra a mitad de camino entre la documentación y el anecdotario popular. También recuerda que la llamada “viveza criolla” no nació con las grandes ciudades modernas. Ya estaba presente cuando Buenos Aires todavía no tenía puerto y entrar en ella exigía cruzar el último tramo del Río de la Plata a bordo de una carreta.

Fuentes de consulta: Picturesque Illustrations of Buenos Ayres and Monte Video, de Emeric Essex Vidal; Buenos Aires Historia: Muelle de Pasajeros; Buenos Aires Ciudad: Alcide d’Orbigny.

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