La selección argentina: una falsa prueba del racismo

Racismo en Argentina

Durante los campeonatos mundiales de fútbol circularon acusaciones según las cuales la ausencia de jugadores negros en la selección argentina demostraría que nuestro país es particularmente racista. La pregunta puede ser legítima; la conclusión automática, no. La composición de un plantel deportivo no alcanza para juzgar la historia racial de una sociedad, mucho menos cuando se aplican categorías europeas o estadounidenses sin considerar el proceso argentino.

Selección biológica, preferencia cultural y racismo

La selección biológica describe mecanismos naturales vinculados con la reproducción y la evolución. No debe confundirse con el racismo, una construcción humana que clasifica, jerarquiza y discrimina personas según su origen o apariencia.

Entre ambos conceptos se encuentran las preferencias culturales. Una persona puede sentirse más próxima a quienes comparten su idioma, religión, costumbres o manera de entender la familia. Algunas comunidades minoritarias incluso favorecen la formación de parejas dentro del propio grupo —lo que se denomina endogamia— para preservar tradiciones amenazadas por la dispersión.

Esto puede observarse en ciertas comunidades judías, gitanas, armenias, yazidíes o parsis. La razón no es necesariamente considerar inferiores a los demás, sino asegurar la continuidad de una identidad religiosa y cultural. Se convierte en racismo cuando la preferencia se transforma en una doctrina sobre la supuesta superioridad, inferioridad o “impureza” de otros pueblos.

Europa y la invención del racismo moderno

Los pueblos se enfrentaron y discriminaron desde tiempos remotos, pero el racismo moderno nació principalmente entre los siglos XVIII y XIX, asociado con el colonialismo europeo.

Las potencias coloniales necesitaban justificar la conquista de territorios, la apropiación de sus recursos y la esclavización de millones de personas. Para hacerlo, desarrollaron clasificaciones que dividían a la humanidad en supuestas razas superiores e inferiores. La dominación dejó de presentarse solamente como una imposición militar y comenzó a revestirse de falsa legitimidad científica.

Por eso resulta paradójico que desde Europa se juzgue actualmente la composición étnica de otros países como si fuera un observador ajeno al problema. Las sociedades europeas no se volvieron multiétnicas espontáneamente: buena parte de su diversidad actual es consecuencia de los territorios que conquistaron y explotaron durante siglos.

Francia no tiene futbolistas descendientes de africanos porque históricamente haya sido una sociedad más abierta que la Argentina. Los tiene, en buena medida, porque colonizó extensas regiones de África y generó corrientes migratorias desde esas antiguas colonias. La diversidad de su selección no borra esa historia ni constituye por sí sola un certificado de ausencia de racismo.

La población africana en el Río de la Plata

Miles de africanos fueron trasladados por la fuerza al Río de la Plata durante el período colonial. Hacia fines del siglo XVIII, los africanos y afrodescendientes constituían una parte considerable de la población de Buenos Aires y alcanzaban porcentajes todavía mayores en algunas ciudades del interior.

Sin embargo, estas proporciones no deben proyectarse mecánicamente sobre la Argentina actual. Todavía no existía el país con su territorio y población contemporáneos, y los registros coloniales utilizaban categorías variables como “negro”, “pardo”, “moreno” o “mulato”.

Las personas esclavizadas no estaban destinadas a una única actividad. En Buenos Aires trabajaban en el servicio doméstico, la cocina, el transporte, los talleres artesanales, la construcción y la venta callejera. Algunas eran enviadas a trabajar por jornal y debían entregar el dinero a sus propietarios. En Cuyo participaban en viñedos, bodegas y haciendas; en Córdoba y el noroeste, en estancias, obrajes y tareas artesanales.

La esclavitud rioplatense fue cruel, pero su estructura económica no era comparable con la del sur de Estados Unidos.

Las guerras y el mito de la desaparición

Durante las guerras de Independencia, las guerras civiles y el conflicto contra el Imperio del Brasil, numerosos afrodescendientes fueron incorporados a los ejércitos. En algunos casos se ofrecía la libertad a los esclavizados que cumplieran determinado tiempo de servicio.

La elevada mortalidad militar afectó particularmente a los varones jóvenes y produjo desequilibrios dentro de la comunidad. A esto se sumaron las epidemias, la pobreza y las deficientes condiciones sanitarias.

Pero la explicación escolar según la cual “los negros murieron en las guerras” es insuficiente. No hubo una desaparición física completa. También existieron mestizaje, interrupción del tráfico esclavista, inmigración europea masiva y cambios en la manera de clasificar a la población.

A lo largo del siglo XIX, numerosos descendientes dejaron de ser registrados como negros y pasaron a ser considerados pardos, trigueños, criollos o simplemente argentinos. El país fue construyendo una imagen de sí mismo como nación blanca y europea, relegando su herencia africana e indígena.

El Censo 2022 registró aproximadamente 303.000 personas que se reconocieron afrodescendientes o con antepasados negros o africanos. La cifra no representa necesariamente toda la ascendencia africana existente, sino a quienes la conocen y se identifican con ella. Resultados del Censo Nacional 2022

Argentina y Estados Unidos: dos estructuras diferentes

En el sur de Estados Unidos existía una economía de plantación que requería enormes contingentes de mano de obra esclavizada para producir algodón, tabaco, arroz y azúcar. No se trataba estrictamente de producción industrial, sino de materias primas destinadas a abastecer una industria en expansión.

El Río de la Plata no tuvo plantaciones de una escala semejante. La demanda de personas esclavizadas fue menor y estuvo más dispersa entre actividades domésticas, artesanales, comerciales y rurales. Esto explica, en parte, por qué Estados Unidos llegó al siglo XIX con varios millones de personas esclavizadas y la Argentina con una población afrodescendiente considerablemente menor.

Pero la diferencia más interesante apareció después del mestizaje.

En Estados Unidos existieron matrimonios interraciales, relaciones informales y también abusos sexuales de esclavistas contra mujeres esclavizadas. Sin embargo, sus descendientes continuaban siendo clasificados socialmente como negros. Las prohibiciones de matrimonios interraciales, la segregación y la posteriormente llamada “regla de una sola gota” mantuvieron una frontera rígida entre blancos y negros.

En la Argentina operó un mecanismo casi inverso. El mestizaje podía alejar progresivamente a una persona de la categoría “negro” e incorporarla a una identidad argentina presentada como blanca. Estados Unidos preservó la frontera racial aun cuando existiera mezcla; la Argentina tendió a borrar esa frontera y, con ella, la visibilidad de muchos afrodescendientes.

Por lo tanto, no se trató de una supuesta mayor “pureza” de la población afroamericana. En Estados Unidos hubo más personas de origen africano y, simultáneamente, un sistema racista que continuó clasificando como negras a las personas con ascendencia mixta.

¿Un equipo sin jugadores negros demuestra racismo?

La escasa presencia de afroargentinos en la selección es, ante todo, proporcional a una realidad demográfica distinta de la francesa, estadounidense o brasileña. Puede abrir preguntas sobre invisibilización y oportunidades, pero no demuestra por sí sola que la Asociación del Fútbol Argentino excluya jugadores por su color.

La acusación encierra, además, una contradicción: exigir que un equipo nacional exhiba determinada proporción de colores de piel significa volver a observar a los jugadores como representantes raciales antes que como deportistas argentinos.

Esto no obliga a negar nuestros problemas. En la Argentina existen expresiones racistas, discriminación contra afrodescendientes y pueblos originarios, xenofobia hacia inmigrantes latinoamericanos y un uso despectivo de la palabra “negro” asociado muchas veces con la pobreza. También hubo cánticos futbolísticos inadmisibles. Reconocerlo es necesario.

Pero reconocer el racismo argentino no significa aceptar cualquier acusación internacional. Mucho menos cuando proviene de sociedades que crearon las clasificaciones raciales modernas, edificaron imperios coloniales y todavía padecen segregación, violencia racial y discriminación contra sus propias poblaciones inmigrantes.

La Argentina no es un país sin afrodescendientes: es un país que durante mucho tiempo los invisibilizó. Tampoco es una nación cuya historia pueda explicarse trasladando automáticamente el modelo racial estadounidense o europeo.

Una selección de fútbol puede reflejar parcialmente la composición de una población. Lo que no puede hacer es reemplazar su historia. Y menos aún servir como prueba improvisada para que las antiguas potencias coloniales se arroguen el derecho de distribuir certificados internacionales de pureza moral.

Aníbal Rodríguez
Licenciado en Gestión del Arte y la Cultura. Director de Cuídate Cultura. Autor de “Arte y tecnología” y “Economía de la atención e intoxicación digital”.

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